Mi mente me llevó al recuerdo de aquellos días en el que mis emociones parecían descontrolarse, ese fue el día que perdí a mi abuelo; para más tarde perder a mi mejor amigo (mi primo), a mi abuela (mi segunda madre) y a mi padre. ¿Una experiencia más dolorosa que otra o un sentimiento más fuerte que otro?

Más allá de los comentarios o de las posibles indagaciones de mis allegados expresando el poder sentir mi dolor, puedo decir que llegué a la conclusión de que todos sentimos y expresamos nuestras pérdidas de manera distinta.

Muchos quizá se preguntan “¿Cómo es posible soportar tanto y aún estar de pie?”, y algunos creen que lo sencillo sería “refugiar” y “endurecer” el corazón. La verdad, en más de una ocasión he tenido que ser fuerte y no sólo por mí sino por mi madre ¿por qué? Porque cada pérdida era de una persona sumamente querida y amada, y quizá la duda aparezca “¿hay entonces un dolor más intenso que otro en cada una de las pérdidas?”

Todos sentimos de manera diferente y eso nos hace seres individuales, nunca menos o más fuertes; sólo humanos completamente diversos con opuesta o similar perspectiva, y grado de expresión. Algunos preferimos callar y llorar en silencio para desahogar el dolor para poder sobrellevar el duelo, y encontrar la ayuda y el anclaje perfecto para seguir adelante; otros prefieren conversar con la fuente de vida, escribir, hablar consigo mismx, con un amigx, todo de acuerdo a cómo te sientas mejor. Si prefieres la soledad, hazlo así; si prefieres compañía, rodéate de quienes te la brindan.

Les contaré la historia de Claudia, quien perdió a su abuelo y que nunca imaginó que esto afectaría su vida significativamente.

Claudia se encontraba iniciando sus años como profesionista, de carácter noble y, por sobre todo, muy inteligente; vivía con su madre, Paula, en un barrio ubicado en la zona alta de la ciudad; con frecuencia visitaba a sus abuelos, dado que su madre gustaba pasar tiempo con ellos, además que el abuelo se parecía mucho en carácter a ella, cualquiera diría que su viva imagen. Su abuela por otro lado, era muy conversadora y le encantaba platicar con Claudia.

Un fin de semana Paula recibió una noticia que la dejó atónita, con ansias de llorar, pero sin poder hacerlo ¡su padre había fallecido! Meses antes estaba bastante delicado de salud por causa de un cáncer en los pulmones que lo asediaba desde años. Aunque se sentía mal, decidió compartir la noticia con Claudia pues sabía que el lazo que ella y su papá compartían era muy especial.

Claudia no supo cómo canalizar la noticia y se produjo en ella un estado desequilibrado de sus emociones, dolor en su estómago, malestares y en ocasiones cierta imposibilidad de poder realizar sus actividades diarias, mientras que su madre, Paula, mantuvo sus actividades diarias en lo posible, pero manteniendo silencio durante gran parte del día. Con el tiempo Claudia pudo afrontar su pérdida, durante el proceso recibió apoyo de un terapeuta pues así lo decidió; mientras Paula de manera paulatina retomaba su singular gusto por conversar en su vida diaria. ¿Por qué Claudia se encontró con dichas dificultades y Paula no? Todos asimilamos el dolor de forma diferente, no hay reglas ni leyes que establezcan cómo debe de vivirse el proceso, pero al final siempre podemos ser capaces de afrontar nuestros duelos.

Las emociones ante una pérdida son como el botón de una camisa. Aunque se te caiga uno y se desbalance todo, encontrarás la manera de reparar lo que un día diste por perdido.

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