Algunas veces llorar resulta la mejor salida para desahogar todo lo que sentimos en nuestro interior, desalojar aquel dolor que nos ha acaecido durante largo tiempo; y que sin pensar, nos ha afectado significativamente.

¿Entonces es beneficioso llorar? Sí, podría decirse que llorar es una forma de sanar. De una u otra manera nos ayuda a sentir alivio, a liberar nuestra ansiedad, estrés, dolor. Cambia nuestro estado de ánimo.

Debemos dejar ir nuestro dolor, para realmente sentirnos renovados.

Al asimilar nuestra tristeza, le damos la espalda a un malestar profundo. Echamos de nuestra vida todo pensamiento negativo, eliminamos todas las toxinas causadas por la mala canalización de los hechos. ¿Cómo se logra esto? Al liberar adrenalina y noradrenalina. Cuando lloramos, sin pensar contribuimos a generar quietud en nuestro cuerpo.

Llorar es sinónimo de valentía.

Implica tener la disposición de afrontar la situación, de salir adelante, de velar por la salud propia. Llorar nos ayuda a aligerar nuestras cargas, a respirar tranquilamente. Nos hace ser conscientes de nuestra circunstancia, nos ayuda a enfocarnos mejor, desbloquea nuestras emociones, nos hace levantarnos con mucho más vigor. Podría considerarse una estrategia para lidiar con el dolor, suprimir el enojo, “sentimientos de culpa”, erradicar la irritabilidad e incomodidad que nos embauca. En sí, promover el bienestar.

Al vivir una pérdida, quedamos con una herida por subsanar; a la cual debemos proporcionarle lo necesario para cicatrizar correctamente ¿por qué? Porque al igual que una cortada o un raspón al tropezarnos, si no es tratada a tiempo puede infectarse, he incluso llegar a perjudicar otros sistemas de nuestro organismo.

Si no lloramos no sanamos; pero también podemos lastimarnos si lo hacemos inadecuadamente.

Así como reír en exceso no es saludable, el llorar en extremo tampoco lo es. Hay que propiciar un verdadero equilibrio en nuestra vida. Darnos el espacio suficiente para llorar nuestro duelo, para vivirlo, para asimilar lo acontecido. Pero, no podemos quedarnos allí, hay que avanzar.

Generar un balance ilumina nuestro camino, desahoga nuestro dolor, nos permite crecer. Sin lugar a duda requiere gran voluntad, pero es posible.

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