Hoy les hablaré de Álvaro Márquez, con quién compartí años de mi vida, a quién amé con todo mi corazón, y a quien más de una vez llamé “padre”.

Álvaro, mi viejo, era un hombre noble y perseverante en todo lo que se propusiera, pero una terrible enfermedad lo acechaba desde hace tiempo atrás: deficiencia renal. Todas las mañanas salíamos con mamá al Centro Clínico para hacerle compañía, por la diálisis que debía cumplir para poder de alguna forma prolongar su vida; en este momento, el apoyo lo aportaban las enfermeras del lugar. Sin embargo para él y para nosotras, no era nada fácil asimilar la realidad, puesto que ya eran siete años de someterse a tratamientos diarios, y su cuerpo cada día se desestabilizaba más.

Nuestro rol como familia era apoyarlo, acompañarlo, y procurar aligerar su pesada carga, pero sin descuidarnos, sin perdernos en un cuadro constante de idas y venidas al Centro Clínico. Por otro lado, el médico especialista evaluaba el avance de su enfermedad, y nos daba la opción de un trasplante de riñón. Poco tiempo después, nos llamaron para darnos la buena noticia que ya había llegado el donante; allí, participó todo un equipo multidisciplinario conformado por nosotras (su familia), amigxs, enfermerxs, y médico especialista, quienes con “estar ahí” daban un alivio adicional a la situación.

El médico hizo su labor, darle una nueva alternativa de vida a papá, continuando su seguimiento progresivamente. Cuando sólo habían pasado 6 años, su riñón nuevamente comenzó a fallar; fue tanto tiempo de diálisis que su organismo no lo toleró como quizás esperábamos; su enfermedad ya era crónica, y aunque estábamos preparados para lo que viniera, era muy difícil y doloroso lo que acontecía. Entonces intervino el psicólogo, quien no sólo incluyó a mi padre para ayudarlo en el proceso, sino también a mi madre y a mí, para sostenernos como familia durante el tiempo que nos quedara para compartir, porque también como cuidadoras en ocasiones nos sentíamos insuficientes o agotadas; a veces, sin querer, invalidábamos nuestro cansancio, ¿quién te enseña a vivir en esos casos?

Se acercaban mis 15 años, junto con mi papá teníamos todo un viaje planeado; pero el destino nos sorprendió una vez más. Mi padre comenzaba ya a sentirse mal, a desvariar. Fuimos al médico especialista, quien mateniendo una mirada tranquila y un tacto adecuado, nos dio la noticia que ya no había nada por hacer. La desesperanza nos desmotivó; aún así, optamos por estar bien nosotras, sin descuidarnos, para poder dar un buen acompañamiento a mi padre en el tiempo restante que estaría compartiendo con nosotras. Tuvimos un acompañante terapéutico apoyándonos en el abordaje de los obstáculos, de sus síntomas, para mantenerlo activo.

Llegó el día de mi cumpleaños, y mi padre ya preparado para lo demás, con lágrimas en sus ojos se despidió de mí como si supiese que mañana partiría. Al día siguiente, de un instante a otro, se agravó; aquél gran hombre había partido, en ese momento mi madre y yo nos sentimos agradecidas de lo vivido y del amor compartido.

En momentos de dificultad en ocasiones nos olvidamos de todas aquellas personas que se ven involucradas durante la enfermedad de la persona; al final, es bueno tomar la mano de quien se encuentra con nosotros para hacer una pausa antes de seguir caminando.

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